Johns Hopkins UniversityEst. 1876

America’s First Research University

Por Stella W., '28

Las salpicaduras de color que envolvían las mesas de madera y los taburetes del bar me atrajeron por primera vez a un estudio de arte local situado junto al supermercado favorito de mis padres. A los siete años, hasta yo podía leer el gran cartel rojo: "Clases de pintura". Me asomé a través de las ventanas de cristal del estudio y vi cómo los estudiantes untaban aguarrás en lienzos en blanco, creaban bocetos iniciales con vibrantes capas base y añadían detalles de acabado con pinceles en miniatura. Me enganché.

Después de empezar yo misma las clases, me enamoré de este proceso meticuloso pero gratificante. Con el tiempo, la pintura y el dibujo se apoderaron de mi tiempo libre. Me dediqué a reproducir en el lienzo las formas y los colores que observaba en animales, personas, paisajes y objetos. En aquellos primeros años, me encantaba cada momento y los profesores alababan mi rápida progresión. No sabía entonces que mis aspiraciones de perfeccionar mis habilidades en este oficio me llevarían por muchos caminos de frustración.

Recuerdo la lucha vívidamente: mientras miraba fijamente aquel modelo de madera de una mano durante lo que me pareció una eternidad, sentimientos de frustración, decepción y desesperación bloqueaban cualquier esfuerzo por seguir manipulando las sombras, las luces y las formas en mi papel. Había pasado horas intentando representar con éxito ese modelo de mano, pero mi duro trabajo no tenía sentido. Ese día, salí de clase insatisfecha con mis habilidades y angustiada por este reto. Nunca antes el arte me había causado tanta angustia, y a una edad tan temprana no sabía cómo afrontar estos sentimientos.

Después de tomarme un par de días de descanso, sentí curiosidad por volver a intentarlo. Esta vez acepté que lo que quería plasmar en el papel podría no manifestarse en el primer, segundo o incluso tercer intento. Después de luchar con varias versiones diferentes de este dibujo durante semanas, por fin me sentí satisfecho con mi representación de la mano humana. No porque fuera la mejor demostración de mi habilidad artística, sino más bien porque abordar una habilidad que me desafiaba tan a fondo me daba un orgullo sin parangón con mis otras obras. Se convirtió en una de mis obras favoritas.

El obstáculo que tenía que superar no era la tarea en sí, sino ser capaz de seguir trabajando en algo que no me resultaba fácil. Mi lucha por ilustrar una mano no fue una prueba de mis habilidades, sino de mi paciencia y perseverancia.

El verano pasado asistí a una clase de ciencia de datos en la Universidad de Berkeley mientras hacía prácticas para un investigador de posgrado. Como era la única estudiante de secundaria rodeada de ingenieros universitarios, tuve que esforzarme mucho más de lo que había estudiado en el instituto: conceptos matemáticos que nunca había visto antes, un nuevo lenguaje de programación informática. Cuando empecé a resolver los problemas, a menudo me quedaba mirando la página durante horas. Empecé a sentirme frustrado porque no comprendía los nuevos conceptos con la rapidez suficiente para avanzar eficazmente en el curso.

Pero me recordé a mí misma que no era la primera vez que me enfrentaba al reto de algo que me apasionaba. Al igual que con muchas obras de arte en el pasado, seguí trabajando en los laboratorios sabiendo que probablemente no se ejecutarían con éxito después de mis primeros -o muchos- intentos. Después de completar algunos laboratorios más, los problemas empezaron a resultarme más familiares y fáciles de manejar y, finalmente, empecé a aplicar las habilidades que había desarrollado en el curso para crear conjuntos de datos reales que rastreaban las emisiones de los barcos en la zona de la bahía.

Este trabajo me supuso un reto mayor que cualquier otra clase de matemáticas o ciencias en mi carrera académica y, como resultado, el trabajo fue mucho más gratificante. A pesar de lo frustrantes que son estos retos, me siento inspirada para saltar hacia ellos, porque me han inculcado la confianza necesaria para ver los retos como oportunidades de crecimiento.

Comentarios del Comité de Admisiones

En este ensayo, Stella se sumerge en su trayectoria en el mundo del arte y en los retos que la acompañaron. Destaca la alegría que encontró en la pintura a una edad temprana y la forma en que esta relación evolucionó a medida que crecía. Stella nos muestra cómo aceptar las imperfecciones y ser paciente le permitió abrazar su oficio. Aplica estas lecciones a diferentes entornos con nuevos retos. Su capacidad para reconocer los obstáculos como oportunidades de crecimiento le será muy útil en Hopkins, donde estará rodeada de nuevos compañeros y oportunidades y seguirá aprendiendo de forma dinámica.